Siurana. Acantilados, olivos y viñas. Cataluña, España

Coincidiendo con la cosecha de olivas, fuimos a conocer el pueblo de Siurana y alrededores en el interior de la provincia de Tarragona. No solo el cultivo de muchísimos terrenos de cepas de vid, la producción de vino o de aceite hacen conocida esta tierra, sino la cantidad de senderos para excursionistas y la practica de escalada, entre otros.

Entre todas las rutas de senderismo, la nuestra fue relativamente fácil pero extremadamente bonita por sus vistas desde los acantilados de roca sobre bosque verde y el serpenteante río Siurana en la parte baja. Conocida como la ruta Recuerdos de princesas y guerreros, nos tomó recorrerla alrededor de dos horas y media de agradable paseo, atravesando un estrecho camino con vertiginosas simas de roca al principio y bordeando el río durante la segunda parte del trayecto. De los 5km, sólo el final del recorrido tuvo cierta pendiente hasta alcanzar de nuevo el punto de partida en lo alto del pueblo de Siurana, lugar donde iniciamos la excursión tras haber aparcado el coche junto a las ruinas del castillo.

La historia cuenta que éste fue el ultimo reducto musulmán del territorio, y que la reina mora Abdelazia antes de verse sometida a los cristianos prefirió precipitarse con su caballo al vacío desde lo alto de uno de los acantilados, dejando para siempre la huella de su herradura. El pueblo en si es precioso, pequeño pero construido sobre un acantilado y con unas vistas asombrosas. El paseo por sus calles de piedra vale la pena.

Por la tarde, pero todavía con suficiente luz, nos esperaban en un molino de aceite para ver todo el proceso de producción de aceite. Son muchos los molinos que ofrecen estos servicios pero es corta la época para poder hacerlo al sólo durar la cosecha de aceitunas dos meses, entre noviembre y diciembre normalmente.

Tuvimos suerte de vivenciar el proceso desde el preciso momento en que los agricultores de la zona se acercaban con sus  tractores cargados con muchísimos kilos de olivas recién arrancadas, todavía con sus verdes hojas de olivo, y las volcaban delante nuestro en la entrada del molino. La mezcla de colores era tan y tan bonita que me ha sido difícil hacer una criba al escoger las fotos… Filtrarlas, pesarlas y separarlas de sus tallos es parte del proceso. Jamás imaginé que aquel espacio podría oler tan intenso a fruta fresca.., y los cinco inspirábamos como queriendo engullir el aroma.

Entre muchas cosas, me llamó la atención lo corto que es el proceso para producir aceite desde que llega el agricultor hasta su envasado, pues todo se consigue entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas.

A través de una enorme cuba con chorros de agua fría se limpian las olivas y se separan de posibles piedras o arena. Luego se trituran formando una pasta que parece olivada pero al parecer es de sabor amargo y malo, y de ahí tras el prensado cae el aceite dorado en forma de hilo por un lado, y la “samsa” tal como le llaman aquí, por el otro. La samsa es la parte sólida que se desecha una vez se ha separado del aceite.

Éste sería el aceite de primera prensada en frío, pues no se somete a ninguna fuente de calor que ayude a extraer sus jugos y que por lo tanto le provocaría perder propiedades beneficiosas. El aceite no es amigo de la alta temperatura y el único calor que recibe en este molino es el de la fricción de la trituradora. Tampoco se le aplica ningún químico. Antiguamente la samsa se utilizaba como combustible, hoy hay empresas que la aprovechan para hacer aceites de segunda.

El aceite obtenido hasta ahora es algo turbio pues tiene residuos. Si no se separan estos residuos por medio de un sistema sencillo de filtros este aceite tendrá una vida corta pues fermentará con facilidad, sin embargo, tras haberlo probado con pan, sé que la intensidad de su sabor es inexplicablemente buena. Una vez filtrado, el color brillante y dorado del aceite todavía se acentúa mas. Ahora ya está listo para embotellar y vender.

De camino a éste molino, entre carreteras de preciosos paisajes y terrazas de vid, almendros y olivos, paramos a ver la Cartuja de Scala Dei, un espectacular monasterio del siglo XII construido por franceses que llegaron de la Provenza y se asentaron en el Priorato.

Días como éstos de naturaleza y contacto con la agricultura son una ventana de oxígeno frente al ahogo de la ciudad.

-tengerenge

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